Durante años, una parte importante de la sociedad argentina permaneció políticamente huérfana. No existía una estructura política capaz de representar sus valores, su visión de país y sus preocupaciones más profundas. El nacionalismo de derecha, por su parte, nunca fue un partido político ni una secta ideológica homogénea. Lo que une a sus adherentes es un sentimiento: la convicción de que el país es otro. Lo comprueban el tono de las conversaciones, las preocupaciones nuevas de la gente, las esperanzas latentes y hasta una cierta elevación de las costumbres que acusan una mayor firmeza frente a las «guaranguerías» reinantes.
Años largos de demagogia corruptora tuvieron como reacción, ante tan horribles excesos, el despertar de una nueva conciencia cívica. Pensadores como Maurras, que alertaron sobre la sumisión impuesta por los intereses de la clase dirigente sometida al «amo extranjero», dejaron un legado que hoy resurge con fuerza.
En 2020 escribía sobre la necesidad de canalizar y movilizar a ciudadanos molestos y desencantados con la política. Luego el desafío fue transformar un malestar disperso en identidad política. Pasaron seis años. Y algo cambió.
El fenómeno libertario hizo mucho más que llevar a Javier Milei a la Presidencia. Puso en discusión las ideas de un modelo que durante décadas limitó el diálogo, y permitió que aquellos sectores que permanecían en silencio comenzaran a reconocerse entre sí . Pero quizá el resultado más interesante de aquella transformación no sea exclusivamente libertario.
Desde aquellos primeros movimientos liberales y libertarios hasta hoy ocurrió algo que merece ser observado. Muchos ciudadanos comenzaron entrando a la discusión política por la economía: impuestos, inflación, gasto público, corrupción, burocracia y libertad individual. Pero una parte de ese universo continuó avanzando hacia otras preguntas:
¿Qué lugar ocupan las familias, la comunidad y la Fe? ¿Qué debemos conservar?¿Qué hacemos con nuestras Fuerzas Armadas? ¿Qué significa soberanía?¿Qué valores estamos dispuestos a transmitir a nuestros hijos?
Es allí donde comienza a aparecer un fenómeno distinto.
Dentro de ese proceso comenzamos a ver cada vez con mayor visibilidad un sector nacional, conservador y católico que durante muchos años existió socialmente, pero careció de representación política. Ahí es donde «ser argentino católico» vuelve a ser pronunciable.
Quienes pensaban de determinada manera comenzaron a descubrir que no estaban solos. Hablar de Patria, tradición, familia, Fuerzas Armadas, cristianismo o defensa de la vida era rápidamente asociado a categorías políticas del pasado. Esto no es una moda, es una batalla contra determinadas expresiones del progresismo que permitió temporalmente que liberales, conservadores, nacionalistas y católicos compartieran una misma vereda.
La falta de un nombre propio y la construcción de liderazgo
El desafío actual no es solo que este sector exista, sino que logre construir una identidad política viable y se sostenga.
La Argentina tiene dirigentes que se presentan como liberales, conservadores y/o peronistas con posiciones tradicionales. También cuenta con aquellos que reivindican ocasionalmente su fe. Pero no tiene una figura que encarne con autenticidad, capacidad de gestión y legitimidad política la síntesis de todos estos valores.
El listado de posibles líderes se vuelve corto porque, durante décadas, muchos de los dirigentes que hoy reivindican sus convicciones han preferido el silencio o la disimulación para no ser etiquetados por el discurso dominante. Aquellos con trayectoria, capacidad de gestión y raíces católicas claras han operado en las sombras o han sido marginados por sus propios partidos tradicionales.
El desafío de la construcción
El nacionalismo católico argentino no necesita ahora más retórica sobre la «cuestión de clase» o la «disolución nacional». Necesita estructura y pasar del sentimiento a la organización, de la identificación a la propuesta de gobierno.
El desafío para este sector es trabajar en liderazgo político con legitimidad moral y capacidad ejecutiva que pueda conectar, y construir una nueva narrativa que articule la defensa de la vida, la familia, la soberanía y la libertad económica.
Hacia una nueva síntesis
El fenómeno libertario logró sacudir los cimientos de una vieja Argentina. El desafío siguiente ya no es solamente económico: también es cultural y moral. Y para eso, necesita de un líder que sea capaz de vincularse emocionalmente, de traducir valores en políticas públicas concretas, gestionar la economía con responsabilidad y sin abandonar la justicia social, la estabilidad y orden.
La Argentina católica y conservadora necesita un líder capaz de encarnar esos valores con fe y firmeza, y de ofrecer una alternativa real a quienes hoy no se sienten representados.
La pregunta ya no es si existe una demanda para un nacionalismo católico, sino si existe una oferta política capaz de representarla con dignidad y eficacia.
2020 fue el despertar. 2027 puede ser el momento de la construcción. Una oportunidad para que la firmeza, la familia y la Fe vuelvan a ocupar un lugar en la discusión pública argentina.
